My Spanish Heart

A veces no sé si es que tú te imaginas siquiera cuánto me gusta tu nombre. De lo que creo que sí te habrás dado cuenta, al menos, es de cómo me la paso diciéndolo en voz alta, casi que gritándoselo a todo el mundo para hablarles de ti, de lo maravillosa que eres y serás, de lo mucho que te amo y te amaré, por más que me reclamen todos que por qué te tengo que nombrar tan seguido si con que yo abra la boca ya se sabe que no es para otra cosa más que para hablar de ti, y tenga entonces que responderles que aun cuando las hay palabras que uno se puedo ahorrar, tu nombre no es una de ellas. Tan solo ayer, por darte nomás un ejemplo de cómo tu nombre ni me lo ahorro ni lo invierto ni me lo guardo para después, lo habré escrito unas doscientas veces seguidas y lo habré pensado unas mil. Sí, aunque tú no me lo creas, aunque me veas como ya me estás viendo, todavía más que decir tu nombre me gusta escribirlo, o pensarlo, que cuando lo pienso pienso en las letras y no en el sonido. Es que algo tiene el escribirlo que me llena de recuerdos, y entre más lo escribo más recuerdo. Hay ocasiones, como ayer, en las que me dejo llevar y escribo tu nombre llenando páginas y más páginas de mis cuadernos hasta que me suelto a llorar, y no sé si las lágrimas son lágrimas de tristeza o de felicidad, porque no sé tampoco si aquellos recuerdos son recuerdos felices o son recuerdos tristes.

Pues bastante te he platicado de ese eoarcaico tiempo antes de nosotros que es mi infancia, ¿verdad?, sobre cómo en la escuela fui siempre lo que se dice un niño muy aplicado. Lo que seguro no sabías y ahora, con gusto, te cuento es que, aun así, a mi papá no le faltaban oportunidades para decirme que yo debía poner más de mi parte. Y a la fecha mi padre ni en cuenta ha caído de lo dramáticamente heterogéneas que han sido desde el comienzo mi interpretación de aquel imperativo y la suya. Por supuesto que ahora sé que lo que mi papá intentaba significar es que tenía yo que esforzarme más, pero bien pudo haber optado, para cerciorarse de que su consejo me llegara a mí en la forma en que él lo pensó, por una frase menos ambigua, en especial si sabía que era con un niño con quien conversaba, un niño todavía un poco tonto y al que le faltaban varios años para adiestrarse en el uso de esas locuciones que con inconcebida destreza se inventan los adultos para librarse del martirio que les representa tener que decir las cosas con todas sus letras.

No debió haber transcurrido mucho tiempo, en realidad, entre el día en que ingresé a la escuela y el momento en que empecé a oír la frasecita esa de papá —cualquier distancia que en el tiempo separe a los dos eventos mi memoria la ha desvanecido y ha hecho de ellos un mismo recuerdo—. Me la decía a menudo en relación a mi desempeño en la clase de español. Pues si Matemáticas, Historia, Geografía, Ciencias y Música fueron un acercamiento a algo nuevo, y acaso gracias a esa novedad me era más sencillo, e interesante, «poner de mi parte» en lo que a su estudio respectaba, Español era, por su lado, un alejamiento de lo que por casi seis años había sido familiar y natural. Llamarlo familiar y natural es de hecho quedarse corto: el español, hasta antes de la clase de español, era tan parte de mí como lo eran mis ojos, mi boca, mi nariz, mis manos, mis oídos o mi corazón. Luego, tras los tortuosos meses en que nos enseñaron a leer y escribir, perdió toda espontaneidad, toda existencia que en mi interior pudiera haber tenido, para convertirse en algo por completo fuera y aparte de mí, para convertirse, pues, en mi idioma; mas no mi idioma como dice uno mis ojos, mi boca, mi nariz, mis manos, mis oídos ni mi corazón, sino mi idioma como diría uno mi pluma, mi lápiz, mis tijeras, mi cuaderno, mi libro o mi mochila. Después, ya no fue más mío, ni en un sentido ni en el otro. Me temo que una suerte parecida terminó corriendo todo lo que alguna vez lo fue. Yo creo además que antes de la clase de español las palabras no eran aún meros símbolos que tuviera que pretender moldear a la irrastreable medida de mis emociones, sino que emanaban, sin filtro alguno, del corazón, de la mente, del alma o de dónde sea que salieran también la risa, los gritos y el llanto. Así que hasta de las palabras me fueron despojando, me las fue arrebatando el profesor Ignacio, de a diez por semana, con sus tan predilectos ejercicios de dictado. «La Ortografía, señores —nos decía señores, creyendo quizá que la única manera de mostrarle a un niño que se le respeta es bajarle a la categoría de adulto—, es lo más importante que se llevarán de este primer año de escuela. No conozco mejor forma para desarrollar la Ortografía, señores, que leer a diario y hacer dictado los lunes.» Y todos los lunes a primera hora, en efecto, como si la Ortografía se nos fuera desgastando con el transcurrir de la semana y no pudiera esperar mejor a después del recreo o incluso al miércoles, al viernes o a nunca jamás, entraba el profesor al salón y ya tenía en mano el papel con las diez palabras que nos iba a robar esa semana.  Aunque he ahora de corregirme y precisarte que no siempre, no a todos lograba robarnos las diez palabras. Los había empedernidos compañeros, que en su tiempo habré tratado de tontos y a quiénes ahora envidio, que no se dejaban robar ni una sola. Yo, en realidad, volvía a casa, las más de las veces, solo con nueve palabras menos de las que me había llevado a la escuela. Rara vez fui capaz de acertar la correcta escritura de las diez palabras que para la ocasión hubiera elegido el profesor Ignacio. El error que me privaba —o me salvaba— de la puntuación perfecta en los dictados era invariablemente que no le ponía el acento a una palabra que lo llevaba. 

Sentíanse los acentos, en aquella época, como bajo el influjo exclusivo y despótico del azar. Si el domingo, cuando me iba a dormir, la única representación que mi mente albergaba de la palabra «león» era su sonoridad y su relación con el esquema, la imagen del animal, ¿cómo podría haber despertado el lunes con la milagrosa revelación de que al escribirla tenía que acentuar la o? ¡Por supuesto que no tenía forma de saberlo!, que cuando el profesor Ignacio nos la dictaba terminaba yo escribiendo «leon», que al final del día, cuando me decía que de nuevo mi calificación había sido de nueve aciertos, tenía que creerle al profesor que la tilde no se la había inventado él. Supongo que a esa edad casi todas las cosas son percibidas así, como meramente fortuitas, azarosas, como caprichos de algún errático maestro. La diferencia es que el resto del sinfín de contingencias que colmaban mi infantil cosmos no podrían haber afectado mi calificación en Español: solo con respecto a los dictados podía decirme papá que pusiera más de mi parte. Y eso fue lo que, a mi modo, intenté hacer. Eso es lo que por quién sabe cuánto tiempo (yo creo que bastante) y quién sabe con cuánto éxito (yo creo que nada) he pretendido conseguir: poner más de mí, no en el pragmático y paternal sentido de la expresión, mucho menos en una más literal y sangrienta lectura de la frase que me llevara a mutilar mi cuerpo para ir dejando partecitas de él, de mí, por todas partes, sino en algún punto intermedio entre ambas interpretaciones que no logro definir.

Terminé entonces por resolver (en el motor de mis acciones había, claro, más inocencia, pero también mucha menos desidia de la que encontraría ahora en caso de que a circunstancias equiparables me enfrentara) que si aspiraba a reducir a cero el número de errores que en los dictados cometía, mi única alternativa era adivinar: adivinar en cuál de las diez palabras se escondía, o había escondido el profesor Ignacio, el acento de la semana. Una vez elegida, al más puro de los tanteos, la palabra en la que yo iba a añadir mi vaticinada tilde, restaba una segunda elección, tan difícil y oscura como la primera, es decir, escoger una vocal —que los acentos van en las vocales y no en las consonantes, me parece, sí lo intuía— de entre las dos, tres o cuatro que tuviera la palabra, para escribir arriba de ella la dichosa rayita. Que un mal día se atreviera el profesor Ignacio a sacarse de su papel una palabra con dos o hasta más acentos fue una posibilidad que permanentemente temí, bien que no lo suficiente como para arriesgarme a tildar aún una segunda o tercera vocal.

Naturalmente, la osadía de la estrategia no devino en mejora alguna de mis resultados. Para sorpresa solo mía, los resultados, de hecho, empeoraron. «¿Es usted idiota, señor?», me decía, está por demás señalar que con vehementísimo respeto, el profesor Ignacio. «¿No? ¿Me quiere contar en ese caso quién le ha dicho a usted que se escribe azúl en lugar de azul?» Y otras veces: «¿Le enseñaron a usted en su casa que se escribe casá en lugar de casa?» «¿Cuándo ha visto usted, señor, que la gente escriba pérro en lugar de perro?» Y no es que el profesor en efecto vociferara estas palabras tal cual las había escrito yo, «azúl», «casá», «pérro» —que en dos casos ni siquiera hubiese habido diferencia con la pronunciación de la escritura «correcta»—, sino que él copiaba mis improperios en el pizarrón, con la letra más grande y nítida que sus sesenta y tantos años le permitían y sin escatimar en gestos que evidenciaran la mucha repulsión que la acción le significaba, para que todo el salón me tildara de inepto por mi mal uso de las tildes y se hicieran una idea de lo bajo que caía la Ortografía cuando no se le cultivaba a diario. Acaso una mínima noción de aquella ciencia hermana del sentido común que es la combinatoria me hubiera salvado del ridículo, haciéndome ver que, en mis jueguitos semanales de Atinarle al Acento, a la probabilidad de que yo acertara la palabra y luego la vocal en la que iba el signo ortográfico le ganaba, en razón de uno a un montón, la probabilidad de elegir, como siempre lo hice, una vocal de una palabra que no llevaba acento.

Aunque mi niño-yo, de no haber sido porque en su personalidad se fue filtrando algo de la personalidad de mi adulto-yo, cómodamente habría seguido apostándoselo todo a la opción perdedora, sacando ochos en los dictados en lugar de nueves, siendo el hazmerreír del salón y el hazmegritar de mi papá. Dejé entonces de combatir el fuego con fuego, el azar con el azar. Dejé, pues, de Adivinar el Acento y me resigné a volver a mi racha de nueves, con el ocasional diez los lunes en que la palabra con acento era una que el profesor Ignacio ya nos había robado antes (esto es, una palabra que hubiera aparecido en un dictado anterior y que por lo tanto ya sabía yo escribir «correctamente») o, y esto solo en ocasiones sumamente especiales, los lunes en que encontrábase el profesor de muy buen humor y no dictaba ninguna palabra con tilde.

Que por mucho que desesperado hojeara todos los diccionarios de español en todas las bibliotecas del mundo no iba yo a encontrar mi tan temida palabra de doble tilde; que, más aún, a los acentos no los regía ni el azar ni el estado de ánimo del profesor Ignacio ni de ningún otro maestro de primaria y se sometían, en cambio, a un bien definido sistema de reglas no me vine a enterar sino hasta dos años más tarde, cuando ya de nada me servía saberlo porque a la maestra Lety —que sí gustaba de otras arbitrariedades como la regla de tres— no compartía el gusto de hacer dictados a sus alumnos. Recuerdo salir de esa clase, en la que, más que explicarnos, la maestra Lety nos platicó sobre las Reglas de Acentuación, padeciendo a un mismo tiempo el natural entusiasmo ante el conocimiento recién adquirido y la desilusión producida por esos primeros indicios de una libertad para siempre perdida. Recuerdo que recordé, recordó mi un-poco-menos-niño-pero-a-fin-de-cuentas-todavía-niño-yo las adivinatorias aventuras de mi niño-yo y se preguntó, me pregunté si en verdad me hubiera gustado contar con esa información en la época en que podía darle un uso práctico todos los lunes o si era más bien que saber que las palabras agudas se acentúan solo en los casos en que su última letra es una n, una s o cualquier vocal —y en definitiva no una l— me hubiera privado de la oportunidad de decidir que al escribir azul yo pondría un acento en la u, motivado sencillamente por el hecho de que poniéndolo ahí la palabra se veía, para mí, más bonita.

Quien por fortuna sí seguía gustando de los dictados, y vino tanto a salvarlos de caer en desuso como a revitalizarlos, fue miss Elizabeth, nuestra maestra de inglés e, imagino, íntima amiga del profesor Ignacio. Y eso fue ciertamente un alivio, uno de efectos retardados porque yo bien sabía que los angloparlantes, mejor dicho, que los angloescribientes se tienen que aprender una única Regla de Acentuación, a saber, que no hay una sola palabra que lleve tilde. Así que yo no me emocioné tanto cuando la miss nos dijo un día que la Ortografía era una ciencia universal que se extendía más allá de las fronteras del español y que había llegado la hora de perfeccionar nuestro spelling con ejercicios semanales de dictado. La emoción habría de llegar después, aunque no mucho después. Apenas un par de semanas más tarde comencé a entender que si bien en los dictados de miss Elizabeth no había ningún chance de volver a jugar a Atinarle al Acento, sí que se abría una ventana para nuevos y más intrincados juegos. Aquello era el paraíso lúdico que no concretaron jamás los dictados del profesor Ignacio, pues en ellos tenía conciencia plena de a qué me la estaba jugando: la apuesta era la misma cada lunes. No así con los dictados de miss Elizabeth, para los cuales preparaba ella una amplia y compleja selección de apuestas, nunca igual a la de la semana anterior, nunca limitada al simple posicionamiento de un solitario signo ortográfico: ahora debía yo jugar a Atinarle al th, Atinarle a la Doble o, Atinarle al gh, Atinarle a la Doble e, Atinarle al ou, Atinarle a la Doble s,  Atinarle a la k Muda y así seguía la inagotable lista, siempre creciendo porque semanalmente cometía nuevos errores que me procuraban nuevas adivinanzas ortográficas. Y una consecuencia directa del mayor número de apuestas es que incrementaba asimismo la probabilidad de que acertara en al menos una de ellas, como la vez que lo arriesgué todo con una triple apuesta en la misma palabra —cosa impensable dos años atrás— y como resultado fui el único del grupo que escribió correctamente la palabra thought. Ni falta hace que te diga que aciertos como ese eran solo ocurrencias aisladas y que en los dictations a mí me iba mucho peor que en los dictados de antaño. Lo cual no impidió que fueran la parte más gratificante de mi semana escolar. Disfrutaba tanto con ellos y con la brecha que dejaban para que yo pusiera algo de mí, de mi propia sensibilidad de lo que se veía bien o mal, que por años la mayor preocupación de mi ya-casi-un-adolescente-yo fue que llegara un día otra miss a reemplazar a miss Elizabeth y a arrebatarle el placer de los dictation Mondays, revelándonos, como nos reveló antes la maestra Lety las Reglas de la Acentuación,  las Reglas de la th-ización y del resto de las adivinanzas. 

Nuevas misses, y uno que otro teacher, desde luego llegaron. Sin embargo, no fue uno solo de ellos quien realizó mis temores. Fueron todos en conjunto, incluida miss Elizabeth, con algo de ayuda de mi yo-mismo. Lo primero que pasó fue que las misses y los teachers comenzaron a agotar la implícita pero compartida Lista de Palabras para Dictados y cada vez fueron más comunes y más corrientes las palabras duplicadas cuyo spelling ya tenía memorizado. De tal suerte que en el segundo, el tercero, el cuarto y todos mis subsecuentes encuentros con la palabra thought en algún dictado, volví, claro, a escribirla correctamente, mas no fue necesario adivinar sino solo recordar. Remembranzas en lugar de adivinanzas. Luego, hasta las palabras que jamás en mi vida había tenido el infortunio de conocer en su versión escrita, porque, he de confesarte, mis lecturas en el idioma inglés, amén de lo visto en horas de escuela, eran escasas y, por lo tanto, la lentitud con que acrecentaba mi vocabulary quedaba a merced de los teachers, incluso unas cuantas de esas palabras, te decía, fui capaz de deletrearlas adecuadamente en mi primer intento. Ocurría que mi mente, a fuerza de haberse expuesto a tantos prototipos de palabras y gracias, además, a aquellos procesos de asociación, abstracción y síntesis de lo múltiple que ocurren en ella por más que yo quiera detenerlos, fue solita intuyendo las reglas que le permitían escribir palabras que no había leído antes. Llegué, en los últimos dictados de la primaria, que fueron también los últimos dictados de la vida, a sacar dieces en los que no tuve que poner nada de mí, en los que no tuve que valerme de adivinanza alguna y bastó con una dosis de memoria y de eso que miss Elizabeth llamaba educated guesses.

Yo entonces ni lo sospechaba —cuánta envidia les tengo por ello a mi adolescente-yo y a mi jóven-adulto-yo y a mi iluso-yo—, pero ese mismísimo patrón usurpador de libertades se repetiría en cada ámbito de mi vida. Con todo, y porque, como te decía, no me daba cuenta de nada, por años me aferré a seguir jugando a que ponía de mí en las cosas. Como las veces en que, queriendo anticipar los inesperados días lluviosos en verano o los días soleados en invierno, elegía días al azar para salir a la calle vistiendo, respectivamente (y de vez en cuando, simultánemente), un impermeable o unos lentes de sol, y la gente me miraba y me decía «¿es usted idiota, señor?». O como las veces en que mi dormido-yo elegía noches al azar para despedirse unos minutos antes de lo usual de los amigos y los lugares que en sueños conoció, diciéndoles «Discúlpenme, me tengo que ir. Es que en ocasiones mi despertador se me rebela y decide no sonar. No vaya a ser que hoy sea una de esas noches». O como las veces en que iba caminando por calles desconocidas y elegía un momento al azar para cambiarme a la acera del otro lado, para que no me tomara por sorpresa ni me sacara un susto el perro que con seguridad se estaba ocultando, cual acento en un dictado, tras el portón de alguna casa. O como las veces en que, en respuesta a las varias quejas de compañeros de trabajo porque nadie les felicitó a ellos en su cumpleaños, jugaba a Atinarle al Cumpleaños y elegía un día al azar para llegar a la oficina con un pastel de cumpleaños, con velitas de cumpleaños en forma de un número seleccionado al azar y con un regalo de cumpleaños comprado al azar. Como las veces, también, en que juego a que invento palabras, palabras a las que luego les invento un significado y una forma de unirlas para inventar oraciones, oraciones a las que después les invento un propósito, un orden y una conexión para inventar una carta, un discurso, un monólogo interior o uno exterior, una conversación o una historia. En cada uno de esos juegos los dados ya estaban echados, las cartas ya estaban repartidas, las monedas ya habían sido lanzadas y ya habían hasta caído; lo que sea que el universo use como semilla para su aleatoriedad, o ausencia de ella, ya había sido sembrado, regado y hasta cosechado mucho antes de que yo me propusiera jugar, mucho antes, incluso, de que yo me propusiera existir.

Perdóname. No me debería permitir el ponerme a llorar así, mucho menos enfrente tuyo. Pensándolo mejor, tal vez es solo a ti a quien le debo la sinceridad de llorar sin miramientos. ¿O que acaso no me vienes tú, casi a diario, a llorar en mis brazos con tanto o más fervor del que hoy te he mostrado? En fin, a partir de mañana, lloremos a partes iguales, ¿te parece? Pero por hoy no lloraré más. De lo contrario volvería a dejarme llevar y olvidaría que yo en verdad solo quería decirte eso: que me gusta mucho tu nombre, decirlo, escribirlo, pensarlo; decirte eso, abrazarte y recordar así abrazados, aunque para ti, afortunada-tú, no sean todavía recuerdos sino simples verdades, los tiempos en que la risa, los gritos y el llanto no eran, no podían ser tan deshonestas y calculadas como las palabras; y hablarte, como quien del agua le quiere hablar a los peces —¿por qué va a ser sino para sentirse, él mismo, pez por un rato?—, del tiempo en que las cosas, todas ellas, los cuadernos de dibujar y los de escribir, los lápices de escribir y los de colorear, los libros de colorear y los de leer, las calles de mi casa y las de la escuela, los juegos de azar y los de destreza, los sueños de mi dormido-yo y los de mi despierto-yo, el agua de tomar y la de los peces, los pasteles de cumpleaños y los de aniversario, las palabras del español y las del inglés, eran una extensión de mí mismo y no, como ahora, una limitación de mi persona. Porque al mundo se le van acabando los recovecos en que podría verter una parte de mí: nunca seré partícipe de aquella espontaneidad creadora que inundó las primigenias mentes que inventaron el español, con todos sus acentos, o el inglés, con todas sus th. Y dado que no me puedo verter en nada, me vierto en la nada y soy cada vez menos yo, menos yo que mi niño-yo, que ya era de por sí menos yo que mi bebé-yo, que a su vez era menos yo que mi inexistente-yo.

¿O tú qué piensas? Mi padre, no es necesario que me lo diga con todas sus letras, es de la opinión de que reflexionar sobre estos asuntos es una bendita pérdida de tiempo. Mi madre, por su lado, cree que a lo más que podemos aspirar es a verternos en otras personas; lo cual no sería poca cosa y algo de cierto puede que tenga. Yo, que entre otras cosas me caracterizo por mi pesimismo, pienso a veces, en los malos días, que recovecos de aquella índole no los hubo en ningún momento, y desde el instante en que pegué el llanto original que marcó el inicio de mi vida, el mundo iba lleno hasta el borde y no quedaba un solo hueco, ni pequeño ni microscópico ni subatómico, para mi individualidad. Nada más que ilusiones fueron entonces los juegos en los que creía poner algo de mí, ilusiones producidas por mi desconocimiento de las reglas que les dominaban y que, a pesar de mi ignorancia, siempre han estado ahí para limitar los movimientos de mi cuerpo y de mi alma. Solo en los días muy buenos, la clase días en que el profesor Ignacio habría elegido nada menos que diez palabras sin acento para poner en su papelito, me olvido de ese trágico sentimiento de la vida. Y el resto de los días, los días a secas, que son los más, me obligo a olvidarlo —porque, contigo a mi lado, no me puedo permitir cargar mi pesimismo a todas partes—, a hacerlo a un lado creyéndome o fingiendo que me creo aquello que decía mamá sobre cómo las reglas necesitan de mí para «estar ahí». ¿Que qué clase de día es hoy? Hoy, a su tiempo lo verás, mi amada-tú, es uno particularmente bueno. Hoy, si hoy fuera lunes, yo creo que, ah, claro, y si aún viviera, yo creo que el profesor Ignacio hubiera amanecido de tan buen humor que ni siquiera hubiera hecho dictado. Hoy, estas lágrimas —perdóname, otra vez me dejé llevar, mañana me vas a tener que llorar dos veces para estar a mano— estas lágrimas no son más que el llanto que no alcanzó a salir ayer, porque hoy soy feliz. Hoy te hablo de todo esto que probablemente no entiendes por completo, no porque pretenda contagiarte de mis emociones, sino porque a ti, te decía, te debo toda la sinceridad que me queda y nunca más te ocultaré esta parte de mí que, y esto tenlo bien claro, no me impide, ni en lo más mínimo, amarte. 

Hoy yo quería decirte, y ya ves como me he descarriado, que me gusta mucho tu nombre y que tu madre y yo creemos que estás ya en edad de aprender a escribirlo. Así que ven, acércate más; ya no lloraré, te lo prometo. Este que ves aquí es tu nombre. Bueno, es de hecho una hoja llena de tu nombre. Diríase que es una plana de tu nombre, como las que se hacen para las palabras que escribiste mal en un dictado, solo que esta la hice yo por el puro gusto de escribir tu nombre. Concéntrate si quieres en este de la esquina. Este es tu nombre, te lo presento. Ya sé, ya sé: tu nombre tú ya lo conoces mejor que nadie, esta es solo su versión escrita, la que yo tanto amo. Velo bien: no hace falta que lo escribas ahora mismo, las oportunidades para eso después te sobrarán. Conócelo. Mira, tiene cinco letras. La primera es una A mayúscula. ¿Que qué es una mayúscula? Son un tipo de letras, más grandes que sus hermanitas las minúsculas, que nos guardamos para las cosas realmente importantes. ¿Como qué clase de cosas? Pues… por ejemplo, la primera letra del nombre de la persona que más amamos en el mundo o la primera letra de un cuento. Después viene una n. Una n, fíjate bien, se parece mucho a una u al revés. Claro, que tonto soy, a la u tú todavía no la conoces. Esta que ahora estoy escribiendo es una u, se parece mucho a una n al revés. Después de la n viene una a, a minúscula, la hermanita de la primera A de tu nombre. ¿Que no se parecen? Tienes razón, no todos los hermanos se parecen. Luego de la a viene una h. La h, has de saber, en el español es muda. Eso significa que… no te sé decir lo que eso significa, pero no es importante entenderlo ahora mismo. Y por último viene una í. Vela muy bien, hija mía, esa í no es como las otras porque… ¡Sí! ¿Cómo lo supiste? Esa í no es como las otras íes porque, tal cual has adivinado, la í de tu nombre lleva acento. Los acentos nos los guardamos para las cosas realmente importantes, como la última letra del nombre de la persona que más amamos en el mundo o la última letra de un cuento. ¿Qué te parece tu nombre así escrito? ¿Te gusta? A mí me encanta. ¿Cómo dices? No, eso no se puede, hija. Tu nombre es ya muy lindo e importante así como está, no hace falta que le agregues un acento a la primera A. Te decía yo que las Reglas de Acentuación mandan que a lo más haya un acento por palabra. ¿Por qué?… Está bien, pónselo. De una vez ponle también un acento a su hermanita la otra a para que ahora sí se parezcan un poco. Y ya que estás ahí, borra la h, que como quiera tu nombre se lee igual sin ella. No, mejor no la borres. No borres la h pero ponle también un acento y uno más a la n para que no se sienta excluida. Sí, si tú así lo quieres pueden ser mayúsculas todas las letras de tu nombre. Que sea por hoy, ÁŃÁĤÍ, todo tu nombre un acento. Ya mañana que vengan si quieren a imponernos las tildes, a imponernos las palabras, a imponernos hasta la vida y a preguntarnos que si somos idiotas, que nosotros, halagados, les responderemos que sí.

Charly G. H.