Los días que vendrán

Mi primera reacción ha sido recordar la historia, tantas veces contada por la abuela, del tío Ignacio. Una mala noche, el tío soñó, que solo en sueños pueden tenerse visiones tan claras, con la fecha y condiciones exactas de su propia muerte. El tío, ya de vuelta en el mundo de los despiertos, sin siquiera ponderar la confiabilidad de aquella visión, decidió, como un último acto de libertad y en un último aliento de autodeterminación, que no se iba a quedar viendo como un sueño podía más que él y sería él mismo quien fijara el cómo y cuándo de su partida. El desesperado, ridículo y por ende fallido intento de suicidio le dejó en un coma de dos años en el que (aunque, no pudiendo nadie haberse metido en la mente del tío para comprobarlo, sospecho que esto no es sino añadidura de la abuela para aumentar el poder persuasivo de su historia) lo único que vio, lo único que vivió fue aquel sueño premonitorio reproduciéndose en bucle hasta que dejó de ser sueño y dejó de ser premonitorio.

Dirán (y dijeron) algunos: «profecía autocumplida», mas no la abuela, que a juzgar de ella el error del tío no fue haber intentado huir de un destino fijo e inflexible, pues tal cosa no existe. No, su error fue uno mucho más fundamental. Pecó por su incapacidad de reconocer que aun atado a una premonición que dictara cada instante de su porvenir, seguiría siendo igual de libre. Aquel presagio, aquella sentencia si se quiere ser más preciso, no le hacía, valga por única vez el cliché, menos dueño de su propio destino. Y en verdad habrá que admitir que es esta una idea contraintuitiva, propensa a escapársele a los limitados mecanismos de la inteligencia humana. Nociones de esta índole requieren, casi siempre, para poder transmitirlas con éxito a otras personas, el apoyo de alguna historia, un ejemplo, una imágen, una metáfora que ayude a la intuición a absorberlas en su totalidad. Vino la abuela a encontrar ese auxilio en la historia de la muerte de su propio hijo. No hay mal que por bien no venga. 

El bien de este mal, si en realidad lo hubo, se fue tan pronto como llegó. La esposa y los dos hermanos que le sobrevivieron al tío no apreciaron ver cómo la abuela reducía la muerte de un ser querido a una simple moraleja. Esto, afirmaron, era solo una instancia más de toda una vida de haber puesto a la familia en segundo término, y más insensibilidades no tenían que soportar. A mí, de apenas diez años en aquel entonces, nadie me preguntó si quería irme con ellos, que poco importa porque hubiera dicho que no. De cualquier modo, dos días después del funeral ya se habían marchado todos mis otros tíos y mis primos, y de una estirpe que por generaciones había prestado sus servicios de clarividencia a la gente de esta ciudad, quedamos solo mi abuela y yo. 

Pero ya nada tomaba por sorpresa a la abuela, ni siquiera este abandono al que nos vimos tan repentinamente condenados. Y es que pocos sucesos podían hacer surgir en ella, al menos visiblemente, alguna muestra de asombro. A estas alturas de la existencia, decía a menudo, no quedan muchas cosas que ocurran por primera vez, y si lo hacen, si en verdad se nos presentan por vez primera, suelen darnos uno o varios avisos y tiempo de sobra para reaccionar. 

Tampoco cayó la abuela en la resignada tentación de declarar, buscando un último consuelo, que no hay mal que por bien no venga. Era esta, como muchas otras de las cotidianas afirmaciones sobre la causalidad y la finalidad, una verdad a medias. Porque si a cada mal le llega su bien, ¿no podríamos también decir que a ese bien le llegará, tarde o temprano, un nuevo mal? Si respondemos que sí, que también es cierto que no hay bien que por mal no venga, entonces aquel segundo mal (esto ya lo sabíamos) terminará trayendo un segundo bien. ¿Y qué tenemos sino bienes y males sucediéndose hasta el infinito? Lo cierto es que la abuela no habría sido tan cortés como lo he sido yo llamándole una verdad a medias. Para ella, aquello de que no hay mal que por bien no venga, siendo apenas un punto de un interminable proceso, no es ni media verdad ni ninguna fracción de verdad. 

Así pues, diríase que era nuestra labor como clarividentes entender que todo en la vida, como si de bienes y males se tratara, es un ir y venir entre dos extremos opuestos. Quien logre aprehender esas idas y venidas alcanzará una intuición absoluta de los designios del futuro. Para nada es esta una tarea sencilla, pues esas idas y venidas son caprichosas y se resisten a revelársenos con total claridad: se deforman a sí mismas, se enredan y se mezclan unas con otras para engendrar todavía más ciclos, siempre pretendiendo ocultarnos al ciclo original que les contiene a todos ellos. 

¿Qué esperanza queda entonces para una persona de obtener tal omnisciencia? Ninguna, naturalmente. A lo mucho tendremos desperdigados momentos de inspiración en los que absorbemos apenas un trozo de aquella infinitud, pero la totalidad, jamás. A aumentar la frecuencia de esos momentos es a lo que ha aspirado la familia por generaciones. Aun así, no falta la gente que, casi irrespetuosamente, cree que nuestra clarividencia es un simple poder, un don que solo es posible para una privilegiada y bendecida genética como la nuestra. Mas no hay aquí herencias de ningún tipo, sino solo puro y perseverante esfuerzo. Para asir esta sabiduría que no pocas veces se ha confundido con magia o adivinación, nos hemos valido únicamente de nuestra memoria. Y al decir «nuestra memoria» me refiero realmente a la memoria colectiva de toda la familia, que colectivo es por obligación este esfuerzo. 

O así lo había sido hasta el crucial día de la separación. No habría forma de que mi abuela y yo solos nos bastáramos para acrecentar y seguir prolongando en el tiempo nuestro conocimiento del tiempo, por un lado, ni para mantener a flote el ya de por sí decadente negocio familiar de clarividencia, por el otro. Pues si he de ser completamente honesto, los clientes ya empezaban a escasear incluso antes de que el personal de esta empresa quedara reducido a dos miembros. 

En efecto, una clarividencia como la nuestra, como la que he hecho mi mejor intento de describir, difícilmente puede, por lo menos no con la constancia y fiabilidad que nos gustaría, señalar inequívocamente los eventos que depara el futuro (no sin las fatales consecuencias que nos mostró la muerte del tío Ignacio). Nuestra precognición no acostumbra pasar más allá de los indicios, los consejos, las ideas generales, las pistas sobre cómo lucirá el porvenir de una persona. Y sin embargo, a estas alturas de la existencia (tomo prestada esta expresión, como prestadas he tomado muchas otras ideas de la abuela), la gente ya no tiene suficiente con meras señales. Menosprecian nuestra labor y esperan que les demos lo imposible: un compendio de cada uno de los eventos relevantes, fechas y horas incluidas, que habrán de afrontar por el resto de sus vidas. En pocas palabras, cada vez son más las personas que no se conforman con menos que respuestas exactas, con un instructivo de cómo vivir su vida.

Lo que quedaba de esta familia y la sabiduría que por eras había venido cultivando comenzaban, pues, a perder su lugar en el mundo. Y a pesar de ello, ni los años ni la soledad ni la austeridad lograron que la abuela se diera por vencida conmigo. Siguió adiestrándome en la navegación de la memoria, que no hay otra forma de intuir el futuro más que a través del pasado, y no hay otro lugar en que viva el pasado con la plenitud que vive en la memoria. 

Llegado este punto, me imagino que en mi lector estará formándose alguna pregunta parecida a la que yo me hice por mucho tiempo. ¿Por qué razón se aferraba la abuela a continuar con estas enseñanzas? ¿Por qué, si el negocio familiar ya tenía muy poco de negocio y de familiar?

No dudo que muy temprano en la historia de este linaje, los padres y madres de nuestra clarividencia se dijeran que «de algo había que comer» y que bien podían poner su sabiduría al servicio de la comunidad. Con todo, desinteresado ha sido en cada momento nuestro recorrido por los océanos de la memoria. Desinteresado, sí, mas nunca desarraigado de las exigencias de la realidad. Es esto ya una respuesta parcial a aquella pregunta: podría extinguirse por completo la clientela y en ello no encontraríamos motivo suficiente para abandonar el barco. Pero el barco ya no tenía futuro, con mi abuela y conmigo se acabaría el viaje. Las enseñanzas que me ha dejado no encontrarán un alma más a la cual iluminar. 

Llegué entonces a pensar que los motivos de la abuela debían encontrarse en otro sitio. ¿Y dónde más podían estarlo? En verdad ni siquiera era necesario buscarlos tan lejos. Solo ahora es que me doy cuenta que lo que ella pretendía es que esta sapiencia milenaria al borde de la extinción y la completa inutilidad social hiciera su última buena obra en mí, que tan siquiera me sirviera a mí para sobrellevar la vida. Quizá no me percaté antes porque la vida a su lado nunca fue una vida tan solo sobrellevada. Fue una vida bastante bien llevada, una vida que, lo reconozco, di por sentada, error que no debería tener cabida en un supuesto clarividente. Pero me lo permito, y creo que me lo permitió a su vez la abuela, porque se trata de un asunto de familia. Al final de cuentas, ella no era tan desapegada ni egoísta como quisieron pintarla mis tíos. Los quince años en que solo nos tuvimos el uno al otro los dedicó a dejarme todo lo que necesitaría para (ahora sí) sobrellevar la vida después de ella. 

Ojalá todo hubiera sido así de fácil como lo quiso la abuela. Pienso que o bien sobreestimó el poder de sus lecciones, o bien subestimó el efecto que su partida tendría en mí. O ninguna de las dos. Quién mejor que ella para saber que podrá la videncia hacernos inmunes a la sorpresa, pero nunca, por muy clara que ella sea, a la tristeza. Ante la tristeza, como con todo lo demás, no hay en mí más que un asomo de las virtudes que tanto habían enorgullecido a la familia. De tal forma que no he logrado ser tan estoico como sí lo fue la abuela frente a los peores golpes que le dio la vida. No obstante, una vez más, creo que la abuela no hubiera reprendido esta debilidad. No la habría tachado como una para empezar.

Sin embargo, sobre la otra debilidad que me consumió después de su muerte, no me es tan fácil adivinar qué hubiera pensado la abuela. Y es que estando yo solo, ¿quién querría volver a poner un pie en nuestro establecimiento? Resolví, que me perdona la abuela, que mi lugar ya solo podía hallarlo con aquella otra rama del árbol genealógico que se había cortado a sí misma para empezar de nuevo. Me dije que su enojo había sido exclusivamente contra la abuela y no debían tener motivo para guardarme algún rencor a mí, y muy probablemente me abrirían con gusto las puertas de su hogar.

De puro preguntar y preguntar a la gente que llegó a conocerlos cuando todavía vivían con nosotros, me enteré que no se habían ido muy lejos de aquí, que más pudo la distancia emocional que la física, que recluyeron en el olvido su pasado como videntes, que a pesar de ello les iba muy bien, que el fallecimiento de la abuela no gozó de los poderes conciliadores y ablandadores del corazón que suele tener la muerte, que el rencor no había envejecido en absoluto, que (y esto solo una persona tuvo la sinceridad o la falta de delicadeza suficientes para contármelo) mis primos, y después los hijos de los más grandes de mis primos, no dejaron de oír la historia de la cruel y egoísta abuela. 

Así es, mis tíos no demoraron en hacer de la abuela un símbolo de todo lo que no se puede tolerar en la familia. Se repitieron hasta el hartazgo que bendita la hora en que juntaron sus cosas y el valor para abandonar por fin a aquella anciana que lo único que sabía hacer era aislarse de todo y de todos para encerrarse en sus recuerdos y en una inagotable contemplación que no condujo nunca a nada bueno. No cometan nunca ese error, le habrán dicho a sus niños, no se permitan nunca poner a la familia en segundo término o acabarán muriendo en completa soledad como ella.

No sabría responder qué fue lo que me dolió más: saber que también la abuela padeció el destino de verse reducida a una moraleja o no haber figurado yo en las historias narradas por los tíos. Fácil es entender que dichas historias no son más que mentiras, que la abuela no murió en total ni parcial soledad porque me tuvo a mí y que nuestra navegación de la memoria era en realidad una noble labor. Lo difícil es aceptar que haya un puñado de personas que no solo no sufrieron la muerte de mi abuela, sino que la vieron como una bendición. Así que no, aquella familia no me abriría las puertas de ningún hogar. Más perspicaz fue mi yo de diez años al intuir que mi lugar estaría por siempre aquí.

La satisfacción de haber entrado en razón y de pensar en el orgullo que esto hubiera producido en la abuela no tuvo tiempo de echar raíces en mi alma, alma que se ha visto súbitamente inundada por una premonición. Ya podrán imaginarse cuál: el presagio fatal, visto en sueños, de que mi «por siempre aquí» tiene sus días contados.

Mi primera reacción, me parece que antes lo dije, fue recordar la historia del tío Ignacio. La segunda fue envidiar al mismo tío, que a él su visión le dio aviso con mucha más antelación que la que me dio la mía, y de ello no supo sacar ningún provecho. La tercera fue una risa autocompasiva de finalmente haberlo comprendido todo: los tiempos de la abuela sí son perfectos.

¿Pero ahora qué? Que me perdone otra vez la abuela. En aquel momento nada me hubiera gustado más que un instructivo de qué hacer con el poco tiempo que me quedaba. Al menos, gracias a ella, sé muy bien lo que no voy a hacer. Pero la cuestión esencial, el qué sí voy a hacer, no me lo puedo imaginar. Mas ¿no ha sido siempre así? ¿No ha sido la vida una permanente no saber? Lo ha sido. En verdad lo ha sido. Diríase que nada ha cambiado.

He perdido ya la cuenta, cosa normal pues, con el pasar de los días, las reacciones se han venido acumulando. Como sea, la enésima reacción ha sido reconocer que la incertidumbre no justifica la inacción. He vuelto a abrir, pues, las puertas de nuestro local. No hay en esto una genuina esperanza de que alguien vuelva a pasarse por aquí. Es un acto meramente simbólico, que no por ello menos significativo. Podrá parecer, como ocurrió antes con los esfuerzos de la abuela, que no tiene ya ningún sentido, pero lo tiene. Lo tiene para mí que es lo que importa. Al hacerlo, al poner de vuelta el letrero de abierto, me parece que me digo a mí y a quien quiera verlo que mi tiempo aquí no fue tiempo perdido. Porque no soy solo una sucesión de eventos que un oráculo podría predecir a la perfección si se lo propusiera, soy además la memoria que vive y le da vida a esos instantes. No sé si seré capaz de mucho más que este humilde primer paso. Pero donde hay la mínima de las incertidumbres hay también un mundo de espacio para la libertad. Los días que vendrán serán testigos de cosas nuevas, cosas que ocurran por primera vez. He aquí una de ellas.

Charly G. H.